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Despacio que voy de afán, edición 003

«Aquí todos hacemos de todo»: el día en que esa frase deja de ser tu fortaleza

Por Laura M. González Publicada el 27 de agosto de 2026 8 minutos de lectura
Portada de la edición 003 de Despacio que voy de afán, con la línea «Aquí todos hacemos de todo»

El riesgo de una empresa que escala no es que a alguien se le caiga la bola. Es que hay tareas que pasan por muchas manos y no son de nadie, y lo que no es de nadie no se cae con ruido. La respuesta son dos cosas, nunca una: un dueño, para que deje de caerse hoy, y una regla, para que mañana el resultado no dependa de ese dueño.

Hay una frase que dicen, con orgullo, casi todos los fundadores que conozco. La he dicho yo.

«Aquí todos hacemos de todo.»

Se dice como una virtud. Y al principio lo es. Hoy quiero mostrarte el día exacto en que esa frase deja de ser tu mayor fortaleza y se vuelve tu fuga más cara. Justo cuando empiezas a jugar en ligas más grandes. Sin que nadie lo note.

La edición pasada te conté de Juan: el riesgo de tener una sola persona que lo sabe todo. Hoy es el problema contrario. El de tener a todos haciendo un pedazo de todo, y a nadie respondiendo por el resultado. Y por qué la salida no es solo poner un dueño.

LA ESCENACuatro personas, cuatro manos y ningún dueño

Se me viene a la mente Ana, una founder que admiro. Su empresa dejó de ser un equipo pequeño y entró en modo scale up: multiplicó por diez las ventas, contrató rápido, montó operaciones sobre la marcha. Los números estaban sanos, el ingreso por empleado también. Un negocio que creció rápido y bien.

Y aun así perdió a un cliente importante. Uno de los grandes, de los que llevaba meses persiguiendo. Se sentía frustrada y culpable, y lo peor: no tenía a quién explicarle qué pasó, más que a sí misma. Lo raro no fue perderlo. Fue que nadie en el equipo supo decir por qué.

Así que lo devolvimos, mensaje por mensaje.

Un martes a las 6 de la tarde, el cliente escribió al WhatsApp de la empresa pidiendo un cambio en su pedido. Simón, de ventas, lo vio en el bus. «Uy, sí, ya le paso la voz a operaciones», pensó, e hizo una nota mental. La nota mental se quedó en el bus.

Al otro día alguien tocó el tema en el chat. Valentina contestó: «listo, pero necesito que la facturación confirme si eso cambia el valor». Y le escribió a facturación, en otro grupo. Facturación respondió con un pulgar arriba y una pregunta: «¿esto ya lo aprobó ventas?».

Ahí, en esa pregunta, el hilo se enfrió. Porque la respuesta le tocaba a Simón, que ya estaba en otras tres conversaciones y que, sinceramente, creía que eso ya lo había resuelto Valentina.

Cuatro personas. Cada una hizo su parte. Cada una creyó, de buena fe, que la bola la tenía otro.

El cliente esperó dos días. Al tercero escribió: «¿hay novedad?». Ese mensaje entró un sábado, y el grupo, un sábado, no es de nadie. Nadie contestó. A la semana ya había resuelto con otro proveedor.

Nadie falló. Nadie soltó la bola. El problema es que no había bola: había cuatro manos y ningún dueño.

LA IDEALo que no es de nadie no se cae con ruido

Esto no es desorden y no es negligencia. Es lo que le pasa a toda empresa que crece más rápido de lo que alcanza a construir los sistemas para sostener ese crecimiento.

Cuando eran cinco, «todos hacían de todo» y funcionaba, porque cabían todos en una sola conversación. La coordinación era mirarse a los ojos. No necesitabas proceso: el proceso eran cinco personas en el mismo cuarto.

Pero cada persona que entra no suma una silla. Suma todas las conversaciones nuevas entre esa persona y las demás. A los cinco, coordinar era gratis. A los cincuenta, coordinar se come el día. Ya está medido: el 58 % de la jornada se va en coordinar, buscar y perseguir estados. Y eso no aparece en ningún reporte.

Aquí está lo que no quiero que se te pase, porque es lo contrario de lo que uno teme:

El riesgo de tu empresa no es que a alguien se le caiga la bola. Es que hay tareas que pasan por muchas manos y no son de nadie. Y lo que no es de nadie no se cae con ruido. Se cae en silencio, en el huequito entre dos personas, y te enteras semanas después: cuando el cliente ya se fue, o el pedido ya salió mal.

«Todos hacen de todo» se siente como agilidad. Y a cierto tamaño es, exactamente, la grieta por donde se te va la plata que no ves.

Las dos reacciones equivocadas: el modo héroe y la sobrecorrección

La primera es seguir en modo héroe. Que la empresa camine porque Simón se acuerda, porque Valentina apaga el incendio, porque tú revisas todo un domingo. Hay un libro viejo de ventas, Crossing the Chasm de Geoffrey Moore, que lo dice sin anestesia: el modelo de héroes tiene techo. Sirve para tus primeros clientes, los que te perdonan el desorden porque creen en el sueño. Pero el cliente que ahora quieres, el más grande y el más exigente, no compra héroes. Compra que la cosa no se caiga. Compra que el pedido llegue igual el martes que el sábado. En su lenguaje eso se llama whole product: no la parte brillante, sino todo lo que hace que puedan confiar en ti sin pensarlo. Un héroe cerrando el trato un domingo no es confianza. Es suerte con buena cara.

La segunda es sobrecorregir. Armar organigrama, escribir cargos, poner reglas para todo. En una empresa que apenas escala, eso mata justo lo que te hizo bueno: la flexibilidad. Elad Gil, en The High Growth Handbook, lo pone bien: el proceso no es burocracia, es la estructura que te deja seguir rápido cuando ya son muchos. El error no es poner proceso. Es ponerlo por miedo, de golpe y en todo. Se pone justo a tiempo, y solo donde algo ya se está cayendo.

Un dueño para hoy, una regla para mañana

La respuesta no es que cada quien haga menos. Es más simple y más difícil a la vez, y son dos cosas, nunca una sola:

Un dueño, para que deje de caerse hoy. Y una regla, para que mañana el resultado no dependa de ese dueño, sino de la estructura.

Un dueño no es quien la hace todita. Es quien responde por que no se caiga. Uno solo. Pero si todo tu sistema es el dueño, no tienes un sistema: tienes otro héroe con nombre nuevo. La regla es lo que hace que, aunque ese dueño esté en el bus, la bola tenga a dónde caer: «cada vez que entra un cambio por WhatsApp, se registra aquí y le llega a esta persona». Un gatillo, un dueño, un lugar donde queda. Siempre igual, la haga quien la haga.

Ese «siempre igual, la haga quien la haga» es justo la palabra que el cliente grande estaba esperando. Un dueño protege al cliente que ya tienes. La estructura es lo que te deja tomar el cliente que quieres.

Porque «alguien» no existe. Existe Simón. Y existe la regla que sostiene a Simón cuando Simón está ocupado. El dueño es el parche. La estructura es lo que escala.

Gente, datos, tecnología. En ese orden. Como siempre.

EL MAGNESIO DE ESTA EDICIÓNUna frase de un renglón: trigger, dueño, riel

El magnesio no te duerme. Regula tu sistema nervioso para que puedas funcionar. Es esa «not-so-magic pill» con efecto de interés compuesto.

El de esta semana no es un propósito. Es una frase. Una sola. Cabe en un renglón y hace el trabajo que no hace un organigrama:

Cada vez que (algo pasa), (un nombre) responde, y queda en (un lugar) hasta que (se cierra).

Léela otra vez. Tiene tres piezas, y cada una tapa una forma distinta en que se te cae la bola.

La primera es el trigger. El «cada vez que». El momento en que arranca el reloj. La tarea de Ana no se cayó porque alguien fuera flojo. Se cayó porque nadie dijo, en voz alta, que el reloj ya estaba corriendo. Sin trigger, todo depende de que a alguien se le prenda el bombillo. Y el bombillo, a veces, se queda en el bus.

La segunda es el dueño. Un nombre. Uno. No un equipo, no un grupo de WhatsApp, no «operaciones». Una persona que, si esto se cae, es la que se acuerda el lunes. Si pones dos, ya sabes cómo termina: es de nadie.

La tercera es el riel. El lugar donde la tarea queda mientras se resuelve. Visible. Fuera de la cabeza de tu dueño. Porque tu dueño se va a subir al bus, se va a ir a almorzar, va a tener un mal martes. Y la bola, mientras tanto, tiene que seguir rodando por algún lado que no sea su memoria.

Escribe la frase para una tarea y va a pasar una de dos. O te sale limpia en diez segundos, y esa ya tiene estructura: déjala en paz. O se te traba, porque no sabes el gatillo, o te salen tres dueños, o no hay dónde quede. Y esa frase que no puedes terminar es, palabra por palabra, la próxima grieta por donde se te va un cliente.

No las arregles todas. Escribe la frase para las tres tareas que más se te caen entre dos personas. Tres renglones. Ese es todo el trabajo de la semana.

Porque la escalabilidad no llega metiendo más gente a empujar. Llega el día en que cambias héroes por rieles. Y ese, exactamente ese, es el día en que un cliente grande, de los que no perdonan, te empieza a creer.

LA PREGUNTA¿Cuál es la tarea que hoy sostiene una sola persona con buena memoria y buena voluntad?

Esa que todavía no tiene una regla que la sostenga cuando esa persona no esté. Esa es la que el próximo cliente, más grande y más exigente, ya no te va a perdonar que se caiga.

Nómbrala en los comentarios. Vas a ver que con solo ponerle palabras ya pasa algo. Los leo todos y contesto yo.

Fuentes. Asana 2023 · Geoffrey Moore, Crossing the Chasm · Elad Gil, The High Growth Handbook.

La conversación de esta edición está en LinkedIn

Laura M. González lee y contesta todos los comentarios allá.

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